jueves, 5 de noviembre de 2009

Arte culto, arte popular... complemento inevitable

No es lo mismo decir que toda opción debe tener su lugar en la cultura, a decir que cualquier opción es encomiable. La gran diferencia radica entre aquello que sirve para despertar, para mejorar la vida, y lo que sirve para dormir la consciencia y ahogar la pasión.
No significa esto que cualquier artefacto que se suponga orientado a evidenciar cierta realidad comprobable o subjetiva sea privilegiable, puesto que mucha retórica encubierta, mucha publicidad y mucha banalización de temas existenciales, puntos de vista incompletos y arigurosos podrían de este modo (tal como sucede actualmente) ocupar podios, ejemplarizándose. Lo obvio está siempre ahí, mostrándose.
La crítica al sistema debería girar en torno al problema presente en la falta de diferenciación entre otorgar un lugar a lo antes excluido (actitud centralmente política) y paradigmatizar (actitud político-estética). Lo primero, creo personalmente, debería estar siempre presente si se busca una sociedad sana. Lo segundo podría no ser necesario, puesto que en una sociedad ideal, sana, se supone que el público dispone de herramientas para tomar desiciones formadas sobre lo que expecta; pero si se hiciera... ...no debería ser patético.
No hay nada de malo en disfrutar lo banal. Nada de malo en bailar música enlatada en un cumpleaños, en comer comida chatarra cuando nos ataca la adicción a los carbohidratos, nada de malo en disfrutar del cine fácil cuando estamos cansados y talvez queremos dormir, nada de malo en tener una novela efectiva y rápida en el baño, porque estar siempre conscientes, siendo partícipes de lo especial en la realidad, implica un estado de ánimo que no es siempre posible, y que se presenta en último caso por comparación con ese transcurrir sin más.
Las contradicciones reiteradas de esta bitácora intentan escarbar en esa frontera.
Sobrevolándo el dilema y en su propio centro se encuentra el valor otorgado a la generación de lenguaje y la calidad del acto de legitimación. Volviendo al ejemplo de García Marquez, el hecho de haber sido legitimado por la universidad no fue lo que lo transformó en un exelente creador. Simplemente lo invistió como modelo a seguir.
Lo paradójico es otorgar la investidura a la banalidad. Significa aconsejar la evasión, la falta de consciencia y la mediocridad.