Pensar el arte genera en quien lo hace una supuesta obligación.
En sus trabajos se supone que habrá algo exelso, inconfundible con la norma, elevado sobre la mediocridad, sobre la tabla rasa de la rutina. El pensador no tiene permiso de dibujar garabatos ingenuos ni tocar temáticas ya desarrolladas: su arte debe ser diferente de cualquier experiencia anterior o simultánea.
Pero debe ser así? Se me ha ocurrido pensar para con quién es ésta obligación, y sobre la existencia de factores que transforman esa tendencia en un "contra-natura".
En la práctica esa idea funciona como un freno. Si pienso, no puedo darme permiso de jugar a no tener más expectativas que pasar el tiempo. Si pienso sobre arte último y los límites del paradigma no puedo pintar paisajes con lápices de colores. Si me arriesgo a enfrentarme con el tejido del sistema no tengo permiso para ilustrar la publicidad de libros infantiles o novelas escritas para venderse bien.
La paradoja se encuentra en varios frentes. Se supone que pensar debe ser una parte inseparable del hacer. Por otro lado un activador de los mecanismos que mejoran el control de calidad sobre lo que hacemos, pero siempre sin dejar de ser un catalizador que lleva a la acción contínua en vias de la producción personal.
El mito olvida a los esquizofrénicos (todos) y quiere convencerlos de que la unicidad de la personalidad es posible. Pero el mito no es liberador, sino todo lo contrario. El mito es un tabú, una prohibición, una idea/carcel.